El fútbol en Londres

Ganó Nadal en París y España entera se levantó a aplaudir. Como siempre en estos casos, y aun estando lejos, me molestó el ruido. Más de una vez he intentado sumarme a estos entusiasmos colectivos. Conseguir al menos que me fueran indiferentes. Sin ningún resultado hasta ahora, que he dejado de intentarlo. Esos días de calor en los que todos saben de aces, de córners y de boxes, cuando la simpatía y el interés han dejado de ser facultativos. Ese lunes de trabajo en el que todos sonríen y la gesta del domingo es comentario obligado. El almuerzo en que el indiferente es sospechoso de autismo. En que la pasión por el héroe es muleta del tímido, limpieza de sangre del forastero.

Esta vez fue con el tenis, y lo ha sido antes con las bicis, los coches, las motos, aquel Juan Mühlegg y el baloncesto. Pero su cénit es siempre, la nación toda y el fútbol todos, la selección nacional. Como muchos domingos de liga, el domingo fui al campo del Rapid de Bucarest. Jugaba Rumanía contra Bosnia, y acostumbrado al granate de siempre quería saber cómo daba el estadio en tonos rojos, azules y amarillos. Daba bien, con el césped verdísimo y la noche clara de verano. Pero la masa me pareció amorfa, sin carácter ni personalidad. Un agregado forzado sin referentes comunes, sin amor por los mismos jugadores y ni una sola canción que corear como himno. Noventa minutos y la sola letanía de Rumanía, Rumanía. ¡Cuánto eché en falta los himnos familiares y tabernarios de cuando Giulesti es granate!

En el fútbol de selecciones y en estos entusiasmos unánimes pasa lo que en todas las reuniones indiscriminadas. Para que todos puedan beber -un poco- se aguan el vino, las bromas y las conversaciones. El resultado es inofensivo para todos, pero sólo satisface a quien no necesita intensidad.

Un domingo por la tarde, hacia el final de la liga. Giulesti es granate y el sol baña en oro el estadio. Antes la lluvia ha limpiado el ambiente. La definición de los colores es fortísima y el paisaje nos parece nuevo. El equipo es cuarto y no se juega nada. Están aquí los que han estado siempre, los que siempre han querido estar. Saben sus canciones, sus grandezas y sus miserias. No anhelan portadas porque disfrutan de lo que son y les basta. Cada año, no importa el resultado, la temporada se cierra con las bufandas al viento y un himno orgulloso. A nadie fuera del campo le importa demasiado qué ha pasado en Giulesti, un placer privado que no necesita amplificarse ni molestar a nadie.

Por eso ha de ser maravilloso el fútbol en el Londres de los catorce equipos. Un sábado a las cuatro gritar un gol en el campo del Tottenham Hotspur. Y que a nadie le importe en Trafalgar Square.

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