La plaza de la universidad

La fuente en el centro de la plaza refresca las mañanas tórridas de después de mayo. En los bancos y sobre la pared de mármol de la fuente descansan piernas jóvenes prietas y tersas. Un fino polvo de agua moja agradablemente las espaldas y los brazos desnudos. Faldas y pantalones cortos. Gafas de sol, encuentros de estudiantes y reposo de perros y vagabundos. Sobre la acera hay dos puestos de flores y uno de periódicos, la horterada del casino y sus dos coches caros expuestos a la puerta. Las viejas facultades de letras y arquitectura a un lado y al otro degradados bloques grisáceos, detrás de los cables. Allende el bulevar el Teatro Nacional y la espléndida columna marfil que es el hotel Intercontinental. Antes del hotel y el teatro, sobre el asfalto ardiente, el tráfico agresivo mantiene encendido el pulso de Bucarest. Lejos de alterar la placidez de la plaza redobla la sensación de estar en un oasis. Un remanso de serenidad lleno de vida que permite asistir bien resguardado al espectáculo frenético de la ciudad.

Todo invita a despejarse y disfrutar en la plaza de la universidad. Los bancos, el jardincito, las aceras, las paredes, la misma fuente. Nada es demasiado bonito, nada está demasiado arreglado ni demasiado limpio, y sin embargo todo mantiene cierto tono.

Ayuda saber que han pasado aquí las cosas más bonitas de la vida pública de la Rumanía democrática. Aquí participaron muchos bucarestinos en la Revolución que liberó al país del comunismo. Un año más tarde, miles de estudiantes se congregaron durante semanas a los pies del Intercontinental para pedir más democracia, más Occidente y más libertad al autoritario e inmovilista Ion Iliescu. Frente a la fuente de la plaza, cientos de seguidores del Steaua festejaron en 2006 la clasificación del equipo para semifinales de la UEFA. Un año después, el presidente reformista Traian Basescu y sus seguidores celebraron delante del Teatro Nacional su abrumadora victoria en el referéndum para cesarle que un Parlamento atacado por su impulso a la lucha anticorrupción había forzado contra toda razón. Yo estuve allí aquella noche de calor pegajoso y vi a los hombres sonreírse y abrazarse, esperanzados con una causa política como no lo he vuelto a ver en Rumanía desde entonces, como estuve dos años más tarde en las concentraciones de apoyo a los estudiantes que pedían democracia y libertad en Moldavia organizadas por varias decenas de jóvenes bucarestinos.

En 1989 y a principios de los 90 la represión de las fuerzas de Ceausescu primero y después de Iliescu sembró la plaza de terror y muerte. Una placa de mármol colocada en una esquina de la facultad de Arquitectura honra la memoria de los caídos: “Aquí se ha muerto por la libertad”. Pocas veces se ha visto un epitafio más simple, puro, justo, bello y exacto.

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