Madrid

Me desperté y cegado por la luz vi el techo a muy pocos centímetros. Junto a la litera un extranjero con rastas se arreglaba la mochila antes de salir. Le pregunté la hora. Eran más de las diez y había perdido la cita para renovarme el DNI. Había venido a Madrid con el sólo propósito de renovarme el DNI, pero no sentí culpa. Al contrario. Una sensación de paz y satisfacción como pocos veces he tenido. Haber perdido la cita era un precio por la felicidad de la noche anterior que estaba dispuesto a pagar. Pero no sólo. Haber perdido la cita y no haber sentido culpa era una victoria personal que hacía aún más feliz la noche anterior.

La noche anterior fue la de un viernes cálido de primavera. Llegué a Madrid procedente de Bucarest y dejé la mochila en el albergue. Fui a conocer la sede la empresa que me paga y al salir me encontré con Jesús Puerta. Caminaba solo, pincho y altivo como acostumbra por una calle de Chamberí. Cambié de acera corriendo y grité su nombre. Nos dimos un ligero abrazo y me invitó a su casa. Cortó excelente jamón, chorizo, salchichón y pan y sirvió cerveza. Después espléndidas anchoas del Cantábrico. Vimos anochecer hablando en su balcón y fui a cenar a casa de Pacheco y Arantxa.

Antes de medianoche nos reencontrábamos con Jesús en Los Arcos. Se sumó Crespo, avisé a Mada. Un taxi nos llevó hasta Lagasca, donde todo fue posible aquella noche. En la puerta invitaba a pasar un enano vestido de Napoleón, según Adina que vio después una foto, de Befeater según Pacheco y de Mozart según Crespo. Apoyado en la pared fumaba un señor calvo de traje bien entrado en los cincuenta. Las gafas Ray Ban de pasta de dos colores rompían el clasicismo correcto del resto de su aspecto. Nos pusimos a fumar juntos, se nos confesó como el último franquista y nos enseñó un carnet de Hazte Oír. Se llamaba X, pero no era familia del militar. “¡Por desgracia!”, me dijo con insolencia burlona. Entramos y pagó una ronda. Bebíamos y hablábamos entre risas delante de la barra, Crespo, Pacheco, Jesús, X y yo. Salíamos a fumar cada poco y conocimos mejor al enano, de nombre Eusebio. Veíamos cantar y abrazarse a un cumpleaños de adolescentes, pasar imponentes a jóvenes pijas y acodarse en la barra a caballeros dignos de la España que ganó en el 39. Y de repente una cara conocida e improbable, un empresario cántabro que conozco de Bucarest. Nos saludamos, yo eufórico por la coincidencia. Conoció a XXX y le intentó convencer de que había pasado el tiempo de la dictadura. Pacheco anunció con gran pompa la actuación del Pollito de California. Entró con su guitarra, se sentó en una silla y comió lo que le sirvió el dueño, exactamente como había anticipado Pacheco.  Se hizo sitio, cogió la guitarra y se sentó en un taburete. Delante estaba el público, X el primero, tocando con sus piernas las del pollito, repanchingado en una silla con los brazos cruzados, como quien va a disfrutar de un placer inmenso que no admite límites ni distracciones. “¡Callarsus!”, gritó el Pollito. El público se rió y le hizo caso. Aclamaciones y coros seguían sus canciones flamencas. Alegría desbordada, sonrisas incontenibles, abrazos exaltados de fraternidad. El Pollito acabó y recogió. Alguien, Pacheco o Crespo, le preguntó de qué parte de California. De California. Pero de qué parte. Ah, ah, de, de San José. Y Jesús Puerta nos hizo cambiar de bar para que no se apagara la magia y todo siguiera siendo posible. Mientras esperábamos el taxi nos quisimos llevar a X, pero fue imposible. Hace tiempo, cuando era cliente habitual, solía dormirse encima del piano. Un día le echaron de mala manera y desde entonces no le dejan entrar. Esperábamos el taxi y X hablaba de Dios y de la vida. Convicciones profundas y confesiones muy duras, de gracia dramática y profunda infelicidad.

Otro taxi nos dejó en el segundo bar. Nos compramos de beber y buscamos lugar al lado del pianista. Delante de nosotros se extendía la madera noble del piano, los costados ocupados por las brazos y las copas de los clientes. Hombres y mujeres de 50, 60, 70, bien vestidos, alegres y animados. Pedían una canción al pianista y los mejores la cantaban, al micrófono o en los coros. Cantábamos, bebíamos. Vino Mada, que se apoyó admirada junto al piano y no se movió en toda la noche. Yo estaba contento de que hubiera venido. Por verla, por que conociera esos sitios de Madrid donde muchas noches todo es posible y también por vanidad, por el orgullo de ser yo quien la hubiera llevado a esos sitios. No recuerdo el final de la noche, pero sí la sensación de plenitud en la retirada y la satisfacción de levantarme tarde y sin culpa, de la prioridad espontánea y absoluta del gozo.

El sábado por la mañana fui a ver a Pilar. Hacía años que no nos veíamos y nos pusimos al día mientras me invitaba a un opíparo desayuno de inspiración alemana. La acompañé hasta casa y nos despedimos. Me gustó mucho que me dijera que me ve menos escéptico. Solo, remonté la Calle de Toledo y caminé hasta al Retiro. Ayudé a un niño perdido a encontrar a sus padres y dejé evaporarse la resaca sobre el césped, con El Mundo del día y una botella de agua. Llamé a Crespo desde un locutorio de la calle Montera y fui a buscarle a su casa, a la que durante tres años fue mi casa en Madrid. Estaba con Jaime y bebían cerveza antes de bajar al Calderón para el derby de Madrid. Crespo me invitó a ir con ellos: tenía un pase de prensa y dos viejos petos de la Liga de Fútbol Profesional para entrar como fotógrafos. Dos horas antes del partido enfilamos el camino al estadio. Cerca del campo merendamos un bocadillo de buen jamón apoyados a un coche, nos pusimos el peto y entramos con ademán decidido por un túnel del estadio. En menos de un minuto estábamos en el césped. Detrás de la portería del fondo norte me emocioné cuando el Calderón lleno cantó aquello de “la puta pocilga”. Cuando era el niño y me conmovía el fútbol fue una de las canciones estrella del Coros y danzas del Día Después del Canal +. Cuando salieron los jugadores buscamos sitio en las escaleras de general. Desde allí vimos al Calderón indignarse con Cristiano y con Mourinho. El Madrid portugués ganó por dos a uno, para discreta alegría de los tres.

A la salida del campo un colombiano nos preguntó cuánto habían quedado. Tenía ganas de hablar y Jaime le preguntó si iría al Ecuador-Colombia que se jugará en el Calderón el 26 de marzo. Le contestó que no, porque vale diez euros y no tiene dinero, y Jaime le preguntó qué le gustaría hacer “en el hipotético caso de que tuviera mucho dinero”. “Viajar”, dijo con aparente normalidad el hombre, un mulato grueso y alto. “Yo estuve en Japón, hace años”, nos contó, y después se lanzó con lo que nos había querido decir desde el primer momento. Que él es “un ángel” “porque” es “de Barranquilla” y que se va a “convertir en buda”. Junto a la puerta de Toledo cruzamos en semáforos distinto.

Al día siguiente había citado a Crespo a las diez en La Carpa para un largo domingo de cañismo madrileño, que diría Pacheco. (Ponme cuatro cañas españolas, les decía a los camareros). En la barra saludé Manolo y a Leo. Vino Garzón. Leídos los periódicos bajamos al Rastro. Paramos en cuatro o cinco bares y en un puesto de trastos viejos Crespo se compró la figura de un futbolista. Iba vestido de azul y decía a la gente que nos cruzábamos que era Raúl vestido del Schalke. Comimos con Diego y Mada y continuamos el cañismo en la taberna Angosta. Dos mujeres que si no lo son podrían ser abuelas se acordaron de habernos visto el viernes en el piano bar. Nos saludaron, nos invitamos a cañas unos a otros. Una de ellas dijo ser de San Sebastián, de un pueblo de San Sebastián. Le pregunté por el pueblo. Pasajes de San Juan. Le conté que conocí a una monja de allí y atados los cabos resultó que era familia de Dorotea y Garbiñe. Cuando hace ya diez años estuve en Pasajes con mi madre, Manolo y Jordi en comí en el restaurante del tío de esta mujer.

Un kebap en El Turquito cerró el domingo de cañismo. Me despedí de Crespo en Jacinto Benvante y caminé con Mada hasta el metro Tribunal. En los pasillos nos separamos con un abrazo. Tú a Goya, yo a Ríos Rosas. Allí me esperaban Pacheco y Arancha. Ya habían acostado a Sancho. Cansados los tres vimos un rato la tele, con esa familiaridad relajada que tengo en su casa de Santa Engracia y que siento con muy pocas personas en este mundo. Vimos Salvados juntos y me fui al hostal a coger la mochila. Desde allí caminé hasta Cibeles para coger el autobús a Barajas. Las mismas calles vacías que cuando era estudiante. Muchos de aquellos domingos tomaba cañas con Pacheco hasta las seis o las siete de la tarde. Al llegar a casa me quedaba dormido, y a las once o las doce me despertaba sin sueño y salía a la calle. Durante horas, hasta que me aburría o pensaba que podía dormir de nuevo, paseaba sin rumbo y sin prisa de Sol hasta Cibeles, por el Paseo del Prado hasta Neptuno por una acera y de vuelta por la otra. Tomaba Recoletos hasta Colón, y después emprendía el camino de vuelta por Génova o Almirante.

Exhausto y contento, con esa serenidad única que nos da el cansancio jubiloso, repasé todos los momentos de un viaje que se pareció mucho a una buena película surrealista. En la sucesión casi ilimitada de situaciones y personajes improbables, humanos, desbordados, cómicos, a veces grotescos pero tratados siempre con respeto. Son los lujos de Madrid y de haberse rodeado de personas generosas y de calidad. El resto depende de las constelaciones propicias. No las podemos crear, pero qué importante es aprovecharlas.

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