Navidad en Lipscani

Lipscani es el centro viejo de Bucarest. Fue zona comercial frecuentada en la Edad Media por artesanos y viajantes turcos, armenios, judíos, alemanes, griegos, italianos, gitanos, autríacos y rumanos. El despertar nacional rumano desbalcanizó una de sus zonas, construyendo fastuosos edificios de inspiración occidental que albergan hasta hoy el Banco Nacional y otras bancas privadas. Lipscani mantiene también ahora sus dos caracteres, es aún balcánico y occidental. Pero su parte de mezcla y cosmopolita se la da ahora la vida cultural y nocturna. Decenas de bares cada vez más uniformes y menos interesantes atraen cada noche a cientos de turistas y trabajadores extranjeros, residentes o de paso por la ciudad. Galerías de arte y cafés alternativos conviven con tiendas familiares de trajes de novia o zapatos. Dependientas con pendientes de oro y cabellos cortos a la comunista fuman en la puerta enfundadas en baberos azules. Asisten impasibles al tránsito de los modernos. Sólo parecen esperar el cierre de un barrio que van perdiendo, como perdieron la terraza barata que servía carne asada y cerveza barata entre perros vagabundos y música tradicional. Los gitanos siguen viviendo en los viejos edificios que aún no se han remodelado. Es decir, que aún no han sido ocupados por bares, clubes, cafés o terrazas. Por la noche los niños juegan a fútbol entre gritos, indiferentes al trasiego festivo, elegante y multinacional que más de una vez aligera el paso para no recibir un balonazo. Los romaníes adultos fuman en los portales. Los adolescentes se besan o comen pipas también en los portales, en otros portales. Los gitanos sólo entran a los bares o las discotecas para vender flores.

Hay un tercer o cuarto Lipscani, desde el minúsculo apartamento de un amigo francés en la calle de Smardan. Desde el balcón del séptimo piso de un bloque ruinoso se divisa en la noche una arteria nebulosa y oscura. Se ven enfrente los tejados degradados. Abajo las pequeñas figuras se apresuran por el frío a entrar en alguna taberna. Sale humo de alguna chimenea y los luminosos de estilo anglosajón dominante de los bares hacen pensar en una novela británica del XIX. Los niños gitanos nos parecen víctimas de la maquinaria industrial victoriana. En las barras imaginamos acodados a carboneros curtidos bebedores de cerveza. En las mesas de los cafés burgueses de sombrero y monóculo y en los confines de la calle y de la vista una prostituta feúcha acechada de peligros.

Llega la Navidad y cae la nieve en el cruce más occidental de Lipscani, el del Banco Nacional, el Banco Comercial Rumano y la calle holandesa, donde un empresario holandés ha abierto dos cafés y un hotel modernos y lujosos que se llaman Van Gogh, Rembrandt y Kartell. En una esquina hay un chiringuito con forma de carruaje decimonónico que vende salchichas alemanas, perritos calientes y vino hervido. Delante se despliega un mercado callejero elegante y cuidado. Las chicas elegantes pasean bien tapadas parándose en los puestos. Un grupo de adolescentes -pushtii, los dicen los rumanos con desprecio cariñoso- en chándal grita y se ríe del organillero del Caru cu Bere, que es el primer restaurante de la ciudad. El organillero me hace pensar en el personaje de Roth, pero es más joven y menos trágico. El bigotito a lo Hitler le da un aire cómico chaplinesco. Hace frío y no puede llevar el loro en la cabeza. Lo ha dejado en casa a la espera de días más cálidos, cuando volverá a salir y a hacerse fotos con los niños por un billete de leu. El frío no sólo afecta a su loro. El mismo organillero tiene hoy menos gracia. Se ha puesto una chaqueta de cuero negro y no se le ven el chaleco negro, la camisa blanca y la pajarita. Frente a un puesto de bufandas y gorros hechos a mano mueve la manivela con la expresión ausente de siempre. Hace sonar El bello Danubio azul. Aunque Bucarest tiene fama de capital del Este de lo francés, el ambiente en este cruce de Lipscani es indiscutiblemente germánico. La nieve, el mercado callejero, el vals de Strauss en el organillo y el bar-carruaje.

En el bar carruaje algunos paseantes se compran de comer. Las salchichas alemanas son muy populares. Todo lo alemán en Rumanía es sinónimo inapelable de calidad. Es un coche alemán, es ropa de Alemania. Una silla alemana, un cristal alemán, un material alemán. Productos de Alemania, dicen en grandes letras las tiendas. Y también una salchicha alemana. El último de la cola frente al carruaje es un italiano. Se sabe que es italiano porque lleva una chaqueta de corte deportivo, gruesa, lisa y con capucha con borde de piel. Y porque lleva una bufanda ampulosa como fuera de Italia sólo las llevan las mujeres. Mientras el italiano espera un vagabundo descarado pregunta el precio de las salchichas saltándose la cola. 6 lei, le informan, y se pone a gritar burlón que es demasiado barato. Pretende ser burlón, pero se le nota el resentimiento. Por eso todos evitan cruzar con él sus miradas. Nadie quiere ser interpelado por la pobreza y la desdicha cuando viene de comprar y va a llenarse el estómago. Entre tanto llega el turno del italiano. Un ‘ot dog’, dice. No le entienden y debe repetir, e incapaz de hacer sonar la ‘h’ vuelve a decir que quiere un ‘ot dog’. A la segunda le entienden. Toma el perrito con las dos manos y emprende una calle en dirección a otro Bucarest más feo, lleno de coches y despropósitos urbanísticos y con la nieve más negra.

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